En el mes de octubre del 2005, en una de las salas de exposiciones del museo “Salvador Valero” descubrí que la persona que yo creía ser no existe. Todas las mañanas desde esquinas diferentes (la del Conte y la de la biblioteca pública ) se escuchaba el eco de tres voces que repetían lo mismo “café-café”__ “ café- café”, eran los cafeceros de Pampan, que iban a encontrarse con su día a día, empezando con el saludo discreto, dando la vuelta al escritorio y terminando en la espalda de la “ Mujer de América” ( una de las esculturas que estaba en exposición en el museo) para esconder los bolsitos donde metían los termos; bolsitos hechos a mano con apariencia tristemente desgastada y olor imposible de esconder...
Hola Yoali ¿podemos guardar los bolsos...? ¿ya tomates cafecito? ¿Queréis uno? A diablo, está muy hirviendo... Nos vemos ahora decían los tres.
Cada uno en su estilo se dio a conocer, sin apuros, sin cafecitos obligados, sin malcriadeces, eso sí, con mucha ternura apenas asomada y montones de suspiros que terminaban en: vos si sois chévere y buena, no como el de enfrente... Este personaje, con uniforme, pistola en la cintura y cargo de vigilante, después que compró varios cafés, le negó la entrada a uno de estos niños y sin explicación alguna humilló y le aseguró una pela segura al momento de llegar a casa. (Sólo eran mil doscientos bolívares, y pensar que por esta insignificante cuenta los cafeceros se ganaron muchos correazos ). Al día siguiente lo primero que me contó uno de ellos fue: desde la entrada oía las chinas chillar y cuando mamá me vió me dio una zaparapanda e palo que hoy no siento ni el rabo...
Así, sin proponérmelo, los fui conociendo uno a uno, aprendiendo de cómo viven tan rápido, tan diferente a otros niños que me rodean, con tanta fuerza y ganas de salir a un adelante que no se ve, pero que los absorbe sin avisar y me recuerda pedacitos de una canción de Fito Paez que se llama mariposas technicolor :
...Vi sus caras de resignación, los vi felices llenos de dolor...
...La melancolía de morir en este mundo y de vivir sin una estúpida razón...
En sólo cinco minutos la mirada de José Gregorio “Goyo”, con orgullo de general, cambió mi vida o por lo menos movió mi sensibilidad ya fracturada. Digo “fracturada” ya que el vacío de sentimientos y el morral invisible de materialismo; unido a podridos prejuicios sociales, no me dejaban ver lo rica, maravillosa y a la vez impredecible que es la vida en la calle, pero no la calle cualquiera, la que siempre veo , sino la que regaña sin gritar , desgasta sin avisar y quiebra sin tocar.
Son tres infantes con personalidades propias y alegrías que se reflejan cuando no queda ni una gota de café, que para ellos es el verdadero oro negro, no como el de nosotros, que nunca vemos ( aunque ahora “y que” es de todos) y por el que tanto se pelea hoy en día.
Al decir que me cambió la vida es porque en segundos se me cayó la sombra rutinaria y vi almas inocentes que irradiaban luz; dentro de mí se encendieron pasiones que me sacudieron hasta la conciencia, no para penetrar su intimidad, sino que por primera vez apreté mi mente con un secreto: humildad, paciencia y puño cerrado... para no decir lástima, para no seguir dejando entrar la contaminación bestial que acechaba mi cerebro.
Me estallaron los pensamientos y volé más allá de los sueños de estos niños, despertando en la dura verdad que es su vida, la que se llevará su inocencia antes de tiempo, y fugazmente los desconectarán de su hogar y se asociarán a la calle, no como callejeros si no como habitantes invisibles de ella.
Menos mal que mi rabia con la calle se esfumaba con la llegada de Cecilia “la del medio”, Chiquitica, como si fuera una pulguita se paraba en la inmensa puerta de madera y con su sonrisa me regalaba su cariño y me mostraba su inquieta curiosidad: teneis celular... pa ver tu cartera... yo tengo uno que me conseguí pero está roto, sí quisiera uno rosado... de esos con pilas...
Pero con quien me pegué más fue con Ana “la mayor” , que como por arte de magia llegaba en los momentos en que yo más la necesitaba, ( yo, a su edad, ni café tomaba y en vez de trabajar me encerraba entre muñecas, hablando sola, quizá extrañando a alguna imaginaria hermana). La conocí un domingo solitario en la entrada del museo, entre tantas obras populares caminaba y sólo con mirarla descubría que algo la inquietaba, a pesar de su viveza y del regalo que su apariencia me regalaba: bosques de trigo en sus cabellos y caminos de amatistas en su mirada, salió su voz quebrada, rogando que si no le prestaba el baño se desmayaba. Así me convertí en su mejor amiga, su confidente y extrañamente descubrí que ella se había convertido en una de mis amigas.
Al escuchar y conocer medio- medio los sueños y posibles aspiraciones de estos tres guerreros, abrí mi mente, cerré mis ojos y descubrí que tenía veintisiete años viviendo como zombi, cegada a una realidad que brota como monte y se muere en el anonimato.
Digo anonimato ya que¿ cuántas veces vemos niños en la calle vendiendo café, lavando vidrios en los semáforos, pidiendo platica en la panadería, vendiendo chucherías en las busetas repitiendo que cien bolos no enriquecen ni empobrecen a nadie...; y nos hacemos los ciegos ante una cadena que crece detrás de nuestra espalda y muere teniéndola al frente?.
Y me atrevo a llamarlos guerreros porque para mí lo son, salen a cada jornada de trabajo con sus armas que son los termos, sus bolsitos para guardar sus municiones, su corazón como escudo y sus bolsillos para guardar su recompensa.
No me propongo a cambiar la vida de los hermanitos de Hoyo Caliente, los supervivientes cafeceros, ese es el verdadero nombre que deben tener, ya que vivir en un mundo donde cada día hay que luchar contra el tiempo y contra uno mismo, no debe ser fácil para estos mañaneros.
Sólo quiero compartir lo mágico y asombroso que es soñar con deseos, sin avaricia, sin poder absoluto, sin rencor, sin envidia, sin miedo, sin dinero, sin imposibles, mirar todas las cosas que tenemos y compartir las más queridas, imaginar locamente cosas que no se pueden tener, despertar a las cinco tarde, recoger termos y a Pampan volver.
No es fácil describir los sueños de unos niños que sólo duermen para recuperar fuerzas , despertar con aroma a trabajo y tratar de caminar más saltaito para no gastar la suela ya desgastada.
Qué sencillo fue conocerlos, la misma hora y el mismo lugar todos los fines de semana, desde un simple saludo hasta que llegaron los abrazos y las confidencias; que bonito es sentarse a hablar y oír a alguien que por primera vez es escuchado, con los tres tenía momentos de rochela, de estudio; de explicarles las obras del museo : fueron mis mejores invitados, los más sinceros, que cómico era cuando un cuadro no les gustaba: ... que vaina fiera, eso parece de locos... risas risas risas... quien va comprar esto... me gusta el muñeco del libertador, pero no tengo ni medio... y más risas risas ...
Con ellos no tenía tiempo de aburrirme, además de que me gustaba el trabajo ( no hacía nada) tenía mucha compañía durante las diez horas de trabajo. Con Gollo eran conversaciones serias, leíamos el diario El Tiempo juntos y me contaba: ... puras mentiras, mi mamá compra lotería todos los días porque le hace caso a los dibujos que salen en este periódico, y nunca se ha ganado ni una puya... y del horóscopo contestaba: ...yo soy chiquito, pero serio, esa vaina es de brujería, zape gato, los hombres no leen eso... con curiosidad y tapándose medio medio con el periódico me preguntaba: vos si creeis?
Viví una experiencia desagradable el día en que el vigilante lo trató mal, yo estaba ahí, fue muy injusto, me dio rabia de la grosera e impotencia al no poder hacer nada; Gollo tranquilamente cruzó la calle , se sentó a mi lado, me ofreció un guallollito y
enterró su mirada.
Yo no le decía nada, pero me moría por abrazarlo,¡ Que tristeza sentí ¡Pero me impactó cuando el vigilante lo llamó de nuevo y le hizo señas de que le iba a pagar. Qué mirada de orgullo y que voz tan dura: no no no , que no me pague, a lo mejor necesita esos riales, pierdo mil bolos,¿ Pero cuánto vale la cerrada de puerta? Eso no se paga con plata... no no... Y, como si nada, se quedó ahí sentado, sin dar su brazo a torcer.
Fue con Ana con la que compartí más, hasta tuve que muy amablemente rechazarle un trozo de queso. Pudo más mi miedo a las uñitas sucias que mi sensibilidad: ... queréis quesito, sí tá bueno...umm rico, probá... Me dije: bueno chica,¿ no y que no sentías asco? Todavía no me respondo. Otro día ella me invitó a comer a su casa, quería presentarme a su mamá. Bajamos ella y yo, pero al llegar a Pampan fuimos primero a casa de mi novio, le conté para donde iba y solito se invitó. Caminamos como cinco cuadras hasta llegar a un caminito, yo pensaba que era el final de la calle, pero no que va, empezaba el barranco: ...pa bajo yoa, pa bajo floja, no tenga miedo...allá ta mi casa, hasta le brilla el techo porque vinites... risas risas... creites boba, es el macho sol que le pega al cinc... En la puerta estaba la mamá, joven, como de unos treinta y piquitos, y cara de pocos amigos; por fin medio sonrió y nos dijo pasen, usted es yoali, esta niña sí la nombra... Fue una visita agradable hasta que llegó otra prueba dura: la hora de la cena, cómo me negaba, Ana, emocionada, me describía el menú: papitas sancochadas, las vuelvo puré, le hecho cilantrito y aceite onotao pa que mojéis la arepita. Me quedé en silencio, miré a mi pareja y él con gesto tierno me dijo: prueba un poquito e inclinó la cabeza como queriendo decir pues, qué más... Cenando escuche un llanto, de la mesa de pantri se para Ana , se va a un cuarto y sale con una bebé, es la hermanita más pequeña . Pensé: Dios, otra niña, otra vendedora de café para la calle del Matacho...
A pesar de lo lejos de la casa, de lo humilde y de la inesperada cena, todo salió bien. La casita es mínima, pero limpia, muebles de paleta, puertas de latón, un corcho con los boletines de la escuela (cuando estudiaban), vajilla de peltre y una repisita con San Benito.
Otro fin de semana, de vuelta en el museo, descubro el gran deseo de Ana: ... yo lo que sueño es con ser bailarina de ballet... y con un gran suspiro y sacudiendo sus rizados cabellos me lo repetía: ... quisiera ser bailarina de ballet, quisiera ser bailarina de ballet... y dando vueltas con las manos extendidas decía: ...me encanta bailar, me encanta bailar... se me van las piernas solitas... Al verla soñar me preguntaba a mí misma ¿Cuál fue mi sueño a esa edad? Mi mente se quedó en blanco. Y no hubo respuesta. Verla disfrutar esos minutos de sueños borraba cualquier recuerdo de mi mente, era ella la única protagonista, más importante y valiosa que todas las obras juntas...
Llegó el último sábado en el museo, mi contrato casi terminaba ¿ como se los decía?. Decidí esperar hasta el último día, así disfruté oyendo los sueños más tiernos e inesperados. Echando bromas, Cecilia me mira y me dice que su sueño más querido: ...queremos termos nuevos, de los finos, los de marca aladino.... y Gollo, con picardía dice: yo lo que quiero es una bicicleta o tener las rodillas mas grandes...
Difícil decirle a Ana que ya no iba a volver al trabajo, no sabía como explicarle que el contrato era con el museo, pero que nuestra amistad no era negociable, que no tiene precio ni límite de tiempo. Se puso seria y me dijo: ...a mí siempre me dejan de hablar porque soy muy peliona, tú te vas, pero yo sigo viniendo pal centro... Se fue brava, pero al ratito volvió y me dijo: todos los días te voy a llamar y te prometo que la que venga a trabajar pa´ ca, no la voy a tratar tan bien... Así nos despedimos y quedamos en vernos el lunes en la parada .
Semanas después, un lunes al mediodía, salí de un laboratorio con el positivo de embarazo en mi mano. ¡ Qué sola me sentía! Tenía miedo del cambio que me venía encima y caminé por el centro sin mirar nada ni a nadie, sólo buscaba esa carita dulce de Ana, la amiga que necesitaba en ese momento y la encontré... Era la única que no me iba a juzgar y que con inocencia se iba a alegrar.
Después de tantas cosas, sueños, miedos...etc, todo salió bien. Los cuatro seguimos en contacto , nos vemos a menudo, me acompañaron a comprar el primer regalo para mi bebé, les regalé hallacas en navidad y unos creyones; en enero compartimos en las fiestas de serenata a San Benito ,en Pampan, y así muchas cosas más. Por eso repito : haberlos conocido fue maravilloso y nuestra amistad no tiene contrato.