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Caminantes

¿Año nuevo en el cementerio?, por Luis Fernández

¿Año nuevo en el cementerio?, por Luis Fernández Tenía apenas seis años cuando por primera vez pasé una noche en el cementerio. A unos les pareció extraño, y a otro  asombroso… ¿por qué ir en esa fecha tan especial a aquel lugar tan extraño? Yo fui porque me llevó mi mamá, ya que trece días antes falleció mi abuela materna y en mi pueblo, un territorio que lleva por nombre Sabana de Mendoza, cuando alguien muere por esas fechas se acostumbra a ir al cementerio el treinta y uno de diciembre. Aún cuando la mayoría lo hace en el transcurso del día, otros, como fue el caso de mi familia en aquel año, lo hacen durante la noche, en la propia hora del advenimiento del año nuevo. Recuerdo lo extraño y grotesco que me pareció aquella escena. Todos mis familiares alrededor de la tumba de mi abuela materna, despidiendo con lágrimas vivas un año que se iba y otro que recién llegaba.
            Ese año, como todos los anteriores, me vistieron temprano. ¡Cómo olvidar la ropa! Una camisa horrible negra y marrón, un pantalón oscuro y unos zapatos tan brillantes que, desde la altura de mi cabeza, podía ver mi rostro. Todo transcurrió para mí en un ambiente de tristeza ya que no podía jugar con los juguetes que discretamente me habían dado la noche de navidad; menos aún jugar con fuegos artificiales, tal y como lo hacían los demás niños de mi edad. No me dejaban hacerlo bajo el argumento de que estábamos de luto. Yo no podía entenderlo, porque realmente no sabía qué significaba todo aquello.  De vez en cuando me escapaba a la casa de unos vecinos, y recuerdo que en una de esas escapadas me encontraron y me regañaron, luego, me sentaron en una silla hasta llegada la hora de ir al cementerio.
            Llegó la hora de partir al cementerio. Caminamos en silencio saludando a una que otra persona que nos encontrábamos en el camino, los ojos de mi madre brillaban como un lucero, y yo me preguntaba; ¿por qué llorar en esa fecha?  No sabia lo que realmente estaba pasando... Al llegar a la puerta del cementerio caminamos hacia la tumba de mi abuela. A lo lejos se escuchaba la música y el ruido estruendoso de los cohetones… era la alegría del año que se iba y a el otro que llegaba; pero a mi alrededor se dejaban oír solo llantos. A medida que transcurrían los minutos, me embargaba más el miedo, pues imaginaba a los muertos levantándose desde ultratumba y agarrándome por las piernas. Hubo un momento en que no pude resistir más y comencé a llorar.
            Mi mamá me tomó entre sus brazos, y a lo lejos pude ver una luz que desde una torre contigua alumbraba la tumba de mi abuela, En la oscuridad se podían divisar infinidad de familias alrededor de la “tumba” de sus seres queridos. Otros, al igual que lo habíamos hecho nosotros momentos atrás, estaban apenas llegando y caminaban en medio de la oscuridad por aquellos caminos de tierra, llenas de recuerdos dolorosos.
            Al llegar al sitio donde reposaba el cuerpo de mi abuela, nos colocamos alrededor de la tumba, sobre ella mis familiares pusieron velas encendidas y un plato con hallaca, pan de jamón, pernil, ensalada de gallina y un vaso grande de ponche crema porque a mi abuela le gustaba mucho. Aquello fue algo muy extraño. Todos vestían ropa negra, la tumba sólo tenía una placa de cemento y una cruz cuya inscripción no me resultaba nada clara. En aquel momento todo era llanto, todos lloraban, mientras yo, desde mi inocencia y en silencio, miraba alrededor sin decir palabra alguna. Una voz dijo entrecortada: “ya van a ser las doce” y el llanto se hizo más recurrente y estruendoso. Me incluyo entre los que lloraban aunque no sé por qué lo hacia. Recuerdo que mi hermana me dijo: “pídele la bendición a la abuela”. El llanto se confundía con el ruido de los cohetones  que comenzaron alumbrar el cielo como una gran luz  y se podía ver todo más claro en el entorno, aunque una oscuridad sin nombre parecía cernirse en mi pensamiento. Así transcurrieron otros años, ya que mi abuelo materno murió la navidad siguiente. Con el transcurrir de los años fui creciendo y haciéndome más consciente, y fue así como pude percatarme de que otras  familias vecinas, como los Aguilar, los Salas, los Urbina, los León,  los Gil  que iban al cementerio a despedir el año viejo junto a sus familiares y el ritual tendía a la perpetuación.
            Preguntando por qué ellos también iban al cementerio encontré que la mayoría se aferraba a los recuerdos y la fidelidad hacia sus familiares muertos, y otros por que se le han muerto familiares en los últimos meses del año… Todos decían lo mismo: “es que él era muy bueno” o “ella se sacrificó mucho por nosotros”. En el caso de la familia Aguilar se le había muerto un integrante joven de la familia, fue una adolescente que partió el 16 de diciembre a Maracaibo a comprar la ropa de sus estrenos y en el momento de bajar del autobús le dio un infarto; el de Matilde Salas fue muy doloroso e inoportuno ya que murió un treinta y uno de diciembre del año mil novecientos noventa y cinco a las diez de la noche.
            Así hemos pasado muchos “Años Nuevos” alrededor de la tumba de mis abuelos, ya que ambos están enterrados en el mismo sitio. Últimamente pasamos primero a la casa donde vivían ellos y luego hacemos el recorrido hasta el cementerio a llevarles su comida. Es cierto que ya no vamos todos a la misma hora, unos van en el transcurso del día y otros lo hacemos después de la media noche... A pesar de los años transcurridos no ha dejado de asombrarme aquel extraño espectáculo del cual soy parte: los grupos de familias que entre lágrimas y abrazos reciben el nuevo año en el cementerio.

 

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